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  1. “El impacto y el dolor de una pesadilla puede ser mucho mayor que el de un puñetazo. Asimismo a veces lo que duele no es tanto ese puñetazo como la emoción tras él.”

    Alfred Hitchcock, padre del thriller psicológico
    ¿Alguna vez has sentido que, mientras caminas solo por la calle, alguien te sigue? ¿Alguna vez has sentido esa sensación de ser observado, vigilado y hasta controlado? ¿Imaginas no poder moverte sin temor a que algo malo suceda? Éstas son sólo algunas de las características que invaden a los personajes en cualquier clase de thriller. El suspense es un género de literatura, cine, televisión y videojuegos que se caracteriza principalmente por llevar un ritmo rápido y una atmosfera de terror y excitación que harían estremecer hasta a los más valientes. Además, el suspense aunado al terror psicológico forma un género que, como lector, provoca un estado de angustia y nerviosismo que recorre todo el cuerpo. Bueno, pues, un hombre estadounidense nacido en los años 50, llamado John Katzenbach, es hoy por hoy uno de los referentes mundiales en el género del thriller psicológico, y su novela más aclamada, El Psicoanalista, es la respuesta al por qué este señor tiene la fama que tiene.


    Título: El Psicoanalista (2002)
    Autor: John Katzenbach
    Editorial: Ediciones B
    Páginas: 523

    Argumento.

    <<Feliz 53 cumpleaños, doctor. Bienvenido al primer día de su muerte.>>

    Así comienza el anónimo que recibe Frederick Starks, psicoanalista con una larga experiencia y una vida tranquila. Starks tendrá que emplear toda su astucia y rapidez para, en quince días, averiguar quién es el autor de esa amenazadora misiva que promete hacerle la existencia imposible. De no conseguir su objetivo, deberá elegir entre suicidarse o ser testigo de cómo, uno tras otro, sus familiares y conocidos mueren por obra de un asesino, un psicópata decidido a llevar hasta el fin su sed de venganza.
    (Extraído de la parte posterior del libro)

    Opinión.

    No sé si soy el único, pero siempre que veo el nombre de Katzenbach me viene a la mente Stephen King. Si bien King cuenta con más de 50 obras que son pilares en el género del terror contemporáneo, Katzenbach, con sus apenas 13 novelas, ya es un referente en lo que es su estilo; y ambos escritores son bestsellers del ambiente oscuro, del lado malvado de la literatura. Quizá sea un poco injusto comparar al uno con el otro, pero, bueno, ¿qué puedo hacer yo si mentalmente los relaciono casi todo el tiempo?


    El Psicoanalista nos narra el juego en el que Frederick Starks, o simplemente Ricky, se ve obligado a participar. Un juego no apto para simples niños. No, éste es un juego de vida o muerte. Un enigmático psicópata, que se hace llamar ‘Rumpelstiltskin’, es el creador de este juego, en el que el objetivo es simple: vengar a su madre muerta, a quien Ricky, en sus inicios como analista, no pudo ayudar y terminó suicidándose. Así es como comenzará la historia y, a lo largo de las quinientas y tantas páginas del libro, veremos a Ricky enfrascado en una carrera contra el reloj para salvar su propia vida. Como lo dice el argumento, lo único que Ricky debe hacer para salvarse es descubrir la identidad del antagonista. Suena fácil, ¿no?

    PUES NO. Rumpelstiltskin es un ser humano malvado, inteligente, controlador y sorprendentemente ágil. Conoce toda la vida de Ricky y, apenas comenzado el juego, le demuestra que no conoce límites y que está dispuesto a hacer lo que sea para que nuestro analista pierda. Cuenta con algunos secuaces, entre los que se destacan la hermosa Virgil y el recto Merlin, que se le aparecen a menudo a Ricky y le vuelven imposible la existencia. Pero poco a poco Ricky se va sumiendo en una profunda sensación de terror —¿y cómo no? —, que lo orilla a desconfiar de todo y de todos. Ya no sabe a dónde, a quién ni a qué acudir para pedir ayuda, porque apenas parece lograr un avance en su objetivo, le ocurre algo de lo que parece que no va a poder levantarse. Punto bueno: la trama y los giros que el autor ha logrado, que no nos permiten relajarnos ni nos dejan parar a tomar un respiro.

    John Katzenbach (EUA 1950)
    Después de terminado el libro, intento ponerme en los zapatos de Ricky, y sólo así me doy cuenta de que el autor lo posicionó en el ambiente adecuado: el del psicoanálisis. Sólo una persona con tal resistencia mental podría soportar las pautas del juego macabro en el que se desarrolla la obra. Sin embargo, no debemos engañarnos; no es secreto que, a menudo, quienes ayudan a otros son quienes tienen más problemas. Ricky es un hombre solitario, al que su familia y sus colegas de profesión han ido abandonando. Tiene que vivir eternamente con el recuerdo de su difunta esposa y con el peso en las espaldas de una vida llena de rutina, melancolía y una amarga soledad. Punto muy bueno: el telón y escenario que el autor eligió para su obra, convirtiendo un thriller poderoso en uno indestructible, con juegos mentales y de raciocinio. Al fin y al cabo, eso es lo que yo busco en un héroe que se enfrente a un villano tan poderoso: poder mental antes que físico.

     Para concluir.


    Una novela oscura, con escenarios tensos y de un suspenso inimaginable. Una obra donde el ritmo toma un protagonismo interesante, elevándola al grado máximo del thriller, y no permitiéndole caer de esa cima en ningún momento. Adentrándose en las páginas, uno puede apreciar la conmoción y desesperación de Ricky; uno puede comprender que el movimiento del reloj duela; uno puede sentir el miedo que un ente, al parecer omnipresente, omnipotente y omnisapiente, infringe, no sólo sobre el protagonista de la novela, sino también sobre el lector de la misma. Una novela que, a pesar de no ser un clásico, de tener 12 años de edad, se sigue reimprimiendo y se sigue vendiendo de manera maniaca. No sé los demás, pero yo no puedo esperar para que esta obra la lleven a la pantalla grande, ya que, si logran captar ese suspenso que John Katzenbach ha plasmado de manera escrita en un guion de cine, no tengo dudas de que nos hará saltar sin querer soltar el asiento. Terror psicológico, venganzas, giros en la trama, decepciones, fugaces alegrías, sorpresas, incendios, asesinatos, suicidios, pobreza, ruinas y sobre todo una poderosa esencia maligna es lo que podremos encontrar en esta obra.

    <<Pero oye, Juan, ¿podrías resumir toda esa porquería que acabas de decir? No creerás que vamos a leerlo todo, ¿verdad? Dinos qué nos vamos a encontrar en El Psicoanalista>>. Bueno, amigos, la respuesta está entre las páginas de la obra:

    “Tememos que nos maten. Pero es mucho peor que nos destruyan.”

  2. Mosquerío | Cuento

    13 may 2014

    Estaba muy contento de volver a casa. Había pasado un largo verano en el campamento y, sin duda, las ansias por respirar de nuevo el primer aire me invadían, me desbordaban. Decidí no avisar a nadie, quería sorprenderlos, pero la sorpresa actúa, en muchas ocasiones, como un espejo: te hace destinatario del mensaje que tú remitiste. Así es, terminé por sorprenderme al advertir que no había nadie en casa. Suponiendo que regresarían pronto, dejé mis maletas junto a la puerta y me recosté, bajo la sombra de un árbol, en el jardín.

    Una vez a nivel de pasto, pude notar que el viento soplaba fuertemente, tanto que despeinaba las margaritas que la tía Laura había regalado a mamá para que adornara la parte frontal de la fachada; después de todo, según la tía, las flores son sinónimo de belleza y, a su vez, la belleza es sinónimo de visitas. Desde luego el número de visitas no aumentó, pero sí el entusiasmo por recibirlas. Mientras tanto, aquí bajo la sombra de éste árbol, las hojas caían sobre mí, y mi pantalón, que al parecer deseaba escapar, se agitaba atado a mis piernas.

    Apenas cerré los ojos, un trozo de papel voló directamente a mi rostro, lo retiré rápidamente sin mirarlo,  ya sólo pude escuchar el bote de éste sobre el pavimento. Del bolsillo de mi camisa, saqué un pequeño caramelo enmelado, lo despojé de su envoltura y, aun con ésta en mi mano, miré el dulce por un momento. Uno debe analizar con igual prudencia tanto lo que entra como lo que sale de la boca; nunca nos dijeron si el pez que murió por lo boca, murió por lo que le salió, o por lo que le entró, o quizá ambos, no lo sabemos, y los tiempos no están para riesgos. Después del examen quise comer el caramelo, pero algo extraño atrajo de inmediato mi atención: una densa nube negra se acercaba a mí a gran velocidad. Me puse de pie y observé con atención la mancha extraña, y sólo hasta tenerla a pocos metros de distancia pude advertir con exactitud lo que era: una enorme aglomeración de moscas. Estuve a punto de correr, o manotear, o tirarme al suelo con tal de evitarlas, pero, por increíble que parezca, estas moscas se posaron a centímetros de la mano donde tenía el dulce; incluso moví el brazo, a modo de comprobación, de arriba hacia abajo, y el grupo de moscas seguía la trayectoria.

    Aquél mosquerío me pareció tan gracioso, que pasé un buen rato haciéndoles la misma jugarreta del brazo. De hecho, fue tal mi admiración, que dediqué un tiempo bastante extenso a contar las moscas, una por una, llegando a la colosal cantidad de un millón. ¡Un millón de pequeños insectos obedeciendo cada movimiento de mi brazo! Me resultó asombroso en el momento, pero nada aburre más al hombre que poseer lo que ha deseado, así que pronto terminé por fastidiarme y desear que la plaga se fuera. Entonces me llevé el dulce a la boca y las moscas comenzaron a producir un sonido muy extraño y a moverse impacientemente. Me puse algo nervioso y solté la envoltura del caramelo, que salió volando debido a la intensidad del viento, seguida por el millón de moscas. Una vez más, me vi sorprendido por la actitud de los bichos y decidí seguirlos.

    Iban todas juntas en una misma dirección, persiguiendo la envoltura, o tal vez el aroma que emanaba de la envoltura, no lo sé. El caso es que ellas seguían la envoltura y yo a ellas. Las calles habían estado vacías y no lo noté hasta que corría detrás del mosquerío. No había más ruido que el producido por mis zapatos y el de la envoltura flotando en el aire. A cada paso que avanzaba, continuar se hacía más difícil, ya que la ventisca aumentaba y aumentaba sin precedentes. De repente, sonidos extraños comenzaban a escucharse y, conforme más avanzaba, la ventisca y los sonidos aumentaban. No perdí de vista las moscas ni la envoltura, hasta que, al doblar una calle, el origen de la ventisca y los sonidos se revelaba ante mis ojos: un montón de gente mezclada y aplaudiendo producía la ventisca y un hombre en un micrófono el ruido. Para esta instancia ya había dejado de seguir a las moscas y paseaba entre las personas intentando descifrar lo que ocurría. No estaba seguro.

    Novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve habitantes de mi ciudad, reunidos, escuchando y alabando las propuestas que el hombre al micrófono dictaba: era época de elecciones. El hombre parecía indicarle a la comunidad lo que tenía que hacer, y la comunidad parecía responderle positivamente. No sé si era por su físico, o tal vez su aroma, pero la gente le obedecía. Finalmente mis dudas se resolvieron cuando, sin previo aviso, la envoltura de mi caramelo se estampó en mi rostro y la nube de moscas se detuvo junto a él. Empuñé la envoltura, miré al hombre del micrófono y casi pude escuchar lo que pensaba: ¡Un millón de pequeños insectos obedeciendo cada movimiento de mi brazo!



  3. “Soy una persona más bien discreta. A mí no me van los focos. Me cuadra más ir de acompañante. Como la col adobada, las patatas fritas o el segundo Wham.”


    Conocer diferentes géneros y estilos literarios es una constante en la mayoría de quienes tienen el hábito de la lectura. Pues no hay nada como leer una novela del siglo XVIII, e inmediatamente después una que se publicó en éste. Pero, no lo podemos negar, siempre habrá un estilo que nos encadene y nos obligue a continuar con él. En mi caso, esto ha sucedido con el escritor oriental más occidental de todos los tiempos: el japonés Haruki Murakami. Después de haber leído Tokio Blues. Norweigan Wood y El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, es imposible para mí no continuar leyendo su obra; y como mi novia también es fan del escritor, me prestó su edición de After Dark para que lo leyera. A continuación les voy a contar cómo es que me fue con mi tercera incursión en el surrealismo murakiano.

    Portada de edición Maxi TusQuets (2009)

    Título: After Dark (2004)
    Autor: Haruki Murakami
    Editorial: TusQuets
    Páginas: 248

    Argumento.

    Cerca de medianoche, Mari se toma un café en un restaurante. En una habitación, Eri se ha sumido en una dulce inconsciencia; el televisor cobra vida y empieza a distinguirse en la pantalla una imagen turbadora. Lo más inquietante: el televisor no está enchufado.

    Desde una distancia variable, como una cámara versátil, Murakami recorre escenarios habitados por personajes solitarios, reproduce encuentros accidentales que más parecen desencuentros y capta una amenazadora pero difusa sensación de peligro que todo lo impregna.
    (Extraído de la parte posterior del libro)

    Opinión.

    La historia de la novela comienza un día cualquiera de octubre, cuatro minutos antes de medianoche. El autor nos guía por un barrio de la ciudad, probablemente Tokio, y nos posiciona dentro de un local llamado Denny’s. De entre todas las personas que hay en la ciudad, escogemos observar a Mari: una joven que está leyendo en una mesa del lugar. Conforme la historia avanza, vamos conociendo a Mari, y van apareciendo personajes e historias alternas bastante interesantes; una prostituta china golpeada por un misterioso informático, por ejemplo.

    Simultáneamente, nos vemos dentro de la habitación de Eri, hermana de Mari. Y vamos descubriendo que
    Fanwork de Akaihane
    no sólo una sílaba separa a estas dos jóvenes hermanas. En la habitación, la televisión se enciende, y, dentro de ella, un enigmático hombre aparece y mira a la hermosa chica que está de este lado, con nosotros; no sabemos cómo puede ser posible, pero lo sabemos. La historia termina siete minutos antes de las siete de la mañana, revelándonos que, mientras nosotros dormimos, hay personas que pasan por las situaciones más intensas sin que nadie se entere ni un ápice.

    La obra está llena, en todo momento, de una esencia de peligro y de suspenso. Sabemos de sobra que, donde los reflejos en los espejos permanecen mirando al frente aun cuando la persona se ha ido, las cosas no van muy bien del todo. Si pudiera resumir la novela en una frase, diría: ¡Qué pequeño es el mundo, y qué grande es la soledad! Los personajes de After Dark, en su mayoría jóvenes, tienen esa esencia tan característica del autor; ese buscar y no encontrar, esa soledad y sentimientos que sólo podían ser puestos bajo el telón de la noche de una gran ciudad. Punto bueno: el suspenso de la historia, que te mantiene intrigado y con ganas de averiguar qué ocurre más tarde, conforme el reloj va avanzando.

    En esta ocasión, Murakami nos cuenta la historia desde una voz omnisciente o en tercera persona, que ya marca una diferencia en cuanto a las obras previas que leí de él, narradas en primera persona por el protagonista. El lector aquí es sólo “un punto de vista”, y observa las imágenes desde varios ángulos, logrando de esta manera un interesante híbrido entre literatura y guion de cine. Por la forma en la que se narra, los escenarios son más vívidos y los sonidos se hacen reales; cuando estamos situados en un bar, podemos escuchar el sonido de los vasos chocando, la música de la pieza, los pasos sobre el piso. Punto muy bueno: la interesante narración, que parece ser el guion de una película, describiendo los giros de cámara y manejándonos a su antojo.

    Para concluir.

    Esta es una novela corta, pero no por ello sin calidad. Muchos críticos han dicho que After Dark es mala en
    Haruki Murakami (Japón, 1949) 
    comparación con otras novelas de Haruki, pero yo creo que han intentado buscar cosas donde simplemente no las hay. ¿Conocen las novelas gráficas? Pues ésta es una de ellas, con la diferencia de que no tiene ninguna clase de ilustraciones; así de gráfico es el nivel de Murakami en esta obra. Una historia fuerte, con toques de romanticismo, de terror, de suspenso, de melancolía, etc. Todo el tiempo nos vemos bañados en esa atmósfera de riesgo, que no sabemos si viene de la gente, de la ciudad o de la noche. Murakami se ha puesto el listón muy alto con muchas de sus obras, y con esta historia demuestra que, a pesar de hacerlo quizá más simple, desborda la imaginación y entrega buenísimas historias. ¿Han leído mi cuento Realidades, publicado en este mismo blog? Pues, sin duda, el libro del que se habla en la historia podría ser After Dark; seguramente esos personajes estarían hablando de la obra.

    Además, creo que es justo darle el crédito a TusQuets y a la traductora, Lourdes Porta, por su excelente trabajo en cuanto a la edición del libro. TusQuets es una de mis editoriales predilectas. Y Lourdes tiene ese tacto y la esencia exacta para traducir del japonés al español.

    <<Pero oye, Juan, ¿podrías resumir toda esa porquería que acabas de decir? No creerás que vamos a leerlo todo, ¿verdad? Dinos qué nos vamos a encontrar en After Dark>>. Bueno, amigos, la respuesta está entre las páginas de la obra:


    “Reflexiona sobre la correlación entre la lógica y la acción. ¿De la lógica se deriva una determinada acción? ¿O es la lógica, en realidad, el resultado de ésta? […] La lógica y la acción funcionan de un modo sincrónico, sin fisuras. Al menos por ahora.”

  4. Hoy tengo ganas de escribirle una carta a Moisés, pero no lo encuentro. Y ya sé lo que me van a decir: “No, Juan, las cartas se escriben y luego se mandan a casa del destinatario”. Y ya sé lo que yo les voy a responder: “Pero si Moisés es mi gato, ¡y vive en mi casa!”. Por supuesto mi gato no sabe leer, no hay gato que sí sepa; hay quienes leen como gato, pero no un gato que lea. Pero ese Moisés sabe lo que hace, por eso le mando cartas. Después de todo, todos los escritores deberíamos hacer lo mismo: mandarles cartas a nuestros gatos y, si rasgan el papel, o si son capaces de comer encima de él, la carta no valía la pena. Ojo: por precaución, no se deben hacer copias del documento.

          Después de buscar lo suficiente a ese gato, sin ningún tipo de éxito, bajo a la calle para recoger el periódico. Desde luego yo no tengo contrato con los del periódico, pero Guillermo sí, y, como él es muy flojo, siempre me da tiempo de volverlo a enrollar y ponerlo frente a su puerta. En mañanas como ésta, cuando quiero leer el periódico, me dan asco las salsas o las sopas, pues siempre acabo manchando mis manos y lo que hay en ellas. Hoy sólo como un sándwich, sin mayonesa, por aquello de las manos. Recién me enteré que el gobierno está planeando nuevas estrategias para que el pueblo –como han decidido llamarnos a los que no somos el gobierno– no lance más comentarios negativos hacia quienes están en el poder. Al lado de esa noticia, una mujer rubia, con un vestido rojo muy corto, anuncia que los coches de cierta compañía están a treinta meses y con el veinte por ciento de descuento por la temporada. “Buena esa, gobierno”, digo, como si gobierno me escuchara. ¡Rayos! ¿Dónde dejé la liga?

           Hoy Guillermo parece sospechar del periódico, pues se escucha un ronquido muy fuerte cuando paso frente a su puerta. (Nota mental: investigar el precio del contrato para el periódico, o, ya de plano, taparme los oídos frente a la casa del vecino.) Hoy tengo la disposición suficiente para hacer tantas cosas, pero la pila de mi reloj casero se terminó; todo el día marca las siete con ocho minutos y, como las cortinas no están corridas, pienso que todavía es temprano. Pero afuera se oye la bocina de un carro, al parecer el VW que siempre busca a Martina a las doce del día. Martina una vez le dio de comer a Moisés, fue cuando le pregunté a un niño si tal ruta me llevaba a casa y me contestó que sí. Ya sabrán, los niños no siempre dicen la verdad. El reloj marca las siete y ocho, y yo pienso si todavía soy un niño. Me digo que no, pero dudo de mí.

           El café que preparé esta mañana, como a las siete con ocho minutos, estaba muy agrio. Por eso ni lo probé. Un día decidí seguir cada corazonada que tuviera, y así fue como me detuve justo antes de comprar las pilas del reloj, pues el vendedor, Macario, parecía una de esas criaturas que salen con los hombres que llevan traje negro. Un día dejaré la televisión frente a la casa de Guillermo. Sólo si encuentro la maldita liga. Entro a la bañera y me doy un buen baño, pues más tarde tendré una cita con Martina. Eso si mi corazonada sobre Moisés resulta efectiva. Hombre precavido vale por dos. “Dos por vale, precavido, hombre”, me dijo alguna vez el tipo que rompe los boletos a la entrada del cine. Aun me queda un vale. Debería cambiar los planes e invitar a Martina a ver una película.

          ¡Demonios, se está haciendo tarde! ¿Debo dejar mi pelo así o seguirlo peinando? No lo sé. Que el espejo decida. Me ha guiñado el ojo. ¡Oh, ahí estás, Moisés! Ahora debemos buscar la manera de meterte por la ventana de Martina. Estás muy pesado, gato. Creo que te escribiré una carta.



  5. "Tal vez fuese desesperanza. Turguéniev quizá lo llamaría desencanto. Dostoievski, tal vez infierno. Somerset Maugham tal vez lo llamase realidad. Pero lo llamaran como lo llamasen, eso era yo."

    Haruki Murakami (Japón, 1949)
    Hace tiempo me crucé con un blog en donde se mencionaban diez autores que nunca ganarán el Premio Nobel de Literatura. El top ten de escritores era encabezado, nada más y nada menos, por Haruki Murakami. Yo, un lector principalmente de clásicos, no conocía aquél nombre ni la fama que tenía; para mí era un completo desconocido. Entonces por curiosidad fui a buscarlo a Google. Por obvias razones (mismas que yo desconocía), el resultado principal en mi búsqueda fue Tokio Blues. Norwegian Wood. Y el título de ese, su más afamado libro, me bastó para ir a conseguirlo. La novela, bien que mal, me dejó un buen sabor de boca: es simple y, si se deja de lado la crítica que los literatos le han hecho, descubrimos que busca ser una historia con mucho potencial, más allá de las cabecitas huecas de los adolescentes promedio. Tiempo después, con el deseo de leer más del autor, me encontré con un título extenso y sorprendente: El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas. Interesante, ¿no? Busqué el libro en mi ciudad sin ningún tipo de éxito, hasta que mi novia, como la buena persona que es, me regaló el ejemplar. He de decir que es el mejor regalo que me han hecho, ¿por qué? Aquí mis impresiones:


    Portada de edición Maxi TusQuets (2009)
    Título: El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas (1985)
    Autor: Haruki Murakami
    Editorial: TusQuets

    Páginas: 617

    Argumento.

    Dos historias paralelas se desarrollan en escenarios de nombre evocador: una transcurre en el <<fin del mundo>>, una ciudad amurallada; la otra, en Tokio, <<país de las maravillas>>. En la primera, el protagonista se ve privado de su sombra, entre extraños habitantes y unicornios. En la segunda historia, el narrador es un informático cuyos servicios son requeridos por un inquietante científico que vive en la red de alcantarillado, poblada por tenebrosas criaturas carnívoras.
    (Extraído de la parte posterior del libro)

    Opinión.

    Hay que empezar por decir que Murakami tiene una capacidad lírica impresionante. Su estilo es suave, pero agresivo a la vez; simple, pero con sus dotes de intelectual; tranquilo, pero con la velocidad adecuada para no dejarte dormido. Lo que sale de la pluma de este señor, al menos en lo técnico, es de verdad impresionante. Puedes amar u odiar al japonés, pero seguro que indiferente no te dejará. Su narrativa es, en una sola palabra, hechizante.

    Ahora, partiendo de la base de la novela dividida en dos, comencemos. Por una parte, en El despiadado país de las maravillas el protagonista es un “calculador” de 35 años que trabaja para el Sistema. Los calculadores son personas que realizan procesos mentales de información utilizando el método Shuffling. El protagonista es contratado por un profesor chiflado y su nieta gorda, para realizar un cálculo en base a los estudios científicos que el primero desarrolla. El Sistema es la corporación gubernamental que controla toda la información, y se ve amenazada constantemente por la Factoría de los Semióticos, que son la competencia malvada.

    Bob Dylan encaja perfecto como BSO del libro
    Y por el otro lado, está El fin del mundo, donde nuestro protagonista es el “lector de viejos sueños” de la ciudad amurallada. A todos los inquilinos de esta ciudad, al entrar, les despojan de su sombra y, junto con ella, todos sus recuerdos. Por lo tanto, los ciudadanos son personas que sólo conocen su vida dentro de la ciudad, donde Unicornios que cambian de color durante las estaciones del año absorben sus egos y controlan sus vidas. Aquí las personas sólo tienen un trabajo estable, y el de nuestro protagonista es, como su nombre lo dice, leer los viejos sueños incluidos en los cráneos de unicornio que hay en la biblioteca.

    Ahora, seguro se preguntarán: <<¿Y qué relación tiene una historia con la otra?>> Es lo mismo que yo me preguntaba al comienzo del libro. Los capítulos están intercalados; es decir, uno del País de las maravillas y después uno de El fin del mundo, y las historias van moviéndose, una junto a la otra, en forma de zigzag, tanto que en ocasiones, justo después de encontrar un punto de conexión entre ambas, acabamos por decidir que en realidad están completamente aisladas entre sí. Sin embargo, como ya lo he dicho, la narrativa de Haruki hipnotiza y encanta, a tales grados que no quieres dejar de leerlo, quieres saber más sobre el mundo, o en este caso mundos, que el autor nos presenta. Eso fue lo que me enganchó rápidamente al libro, esa incertidumbre, de muy buen sabor, hacia querer saber qué pasará y qué carajo tiene que ver una cosa con la otra. Además, la primera historia está escrita en pasado y con un ritmo acelerado, de desesperación, aventura y suspenso; mientras que en la segunda, escrita en presente, el tono es más bien melancólico y poético, tranquilo y azul. Punto bueno: las tramas de la novela y el estilo del autor.

    Como ya lo he mencionado, sólo he leído dos obras de Murakami pero tengo una certeza sobre él, y quienes lo hayan leído no me dejarán mentir: quizá su punto más fuerte esté en los personajes. En mi opinión, la literatura clásica estaba enfocada hacia los lugares y las situaciones (con sus muchas excepciones, claro), mientras que la contemporánea hace más hincapié en los personajes. Pues estas personas creadas por el nipón tienen siempre un aire de soledad, de buscar algo que nunca encuentran ni saben qué es, de sardónicos y amargos; en fin, una delicia de personajes. Y esta obra no es la excepción, puesto que no sólo los protagonistas son buenos, sino también los personajes secundarios, llenos de carácter y de una fuerza, dignos de formar parte de la literatura de élite. Punto muy bueno: los personajes de Murakami.

    Para concluir.

    Creo que me he quedado corto con todo lo que quería decir. De verdad la obra me ha encantado, tanto que he llegado a considerarla como una de mis favoritas; además, sin duda, Haruki Murakami es mi autor contemporáneo favorito. Dentro de la novela pasaremos buenos y malos ratos, como debe ser. ¿Tendrán las historias alguna conexión entre sí? Sólo podremos averiguarlo adentrándonos al mundo que el autor nos ofrece. La novela nos muestra temáticas muy variadas y profundas; una de ellas, que me ha recordado un poco a Herman Hesse, la búsqueda del propio yo. Repleta de referencias musicales y literarias, como es la costumbre con el autor, es una novela excelente. Como recomendación diría que, si aún no has leído nada del autor, pensaras en comenzar con otra obra y después, ya dentro del mundo murakiano, le dieras una oportunidad a la que aquí intenté antojarte.

    <<Pero oye, Juan, ¿podrías resumir toda esa porquería que acabas de decir? No creerás que vamos a leerlo todo, ¿verdad? Dinos qué nos vamos a encontrar en El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas>>. Bueno, amigos, la respuesta está entre las páginas de la obra:

    “Aquí está todo, nada está aquí”.